Malí

La Mano de Fátima, Pais Dogón.

Viajar a África, es viajar a otros parámetros, no podemos decir otro mundo, porque aunque la distancia nos lo pueda hacer parecer, todos coexistimos en el mismo planeta.

Este era un viaje largamente anhelado. Eran tantas las veces que habíamos ojeado la información sobre el país, sus gentes, las zonas de escalada y nombres como Bamako, Daari, Tombuktú, el país Dogón nos eran tan familiares, que un día sin escuchar recomendaciones y consejos nos lanzamos al desierto.

De entrada África sobrecoge, incluso atemoriza, cuando poco a poco le vas cogiendo el pulso, todo se hace muy próximo y es cuando descubres el verdadero valor y sentido de un viaje al corazón del continente.

Sin olvidar que estamos en uno de los países más pobres del planeta, enclavado en el medio del Sahara, donde no hay nada fácil, y para la mayor parte de sus habitantes cada nuevo día comienza de nuevo la lucha por su subsistencia.

Una subsistencia que no pudimos ignorar, pues nos alcanzó hasta sentir el hambre, como en ningún otro sitio del mundo, que pasan sus habitantes.

El motivo principal del viaje era escalar en la Máno de Fátima, y eso lo cumplimos tanto como lo deseábamos, hicimos tantas vías como pudimos, sin que ninguna nos defraudase, y al fin de la estancia, la lista de vías por hacer no hacia más que aumentar.

Sin olvidar que se escala en el desierto, rápidamente aprendimos y adaptamos nuestra estrategia a las condiciones, madrugando tanto como podíamos y haciendo aprovisionamientos estratégicos de agua, para disponer de alguna botella a la bajada, o reservándola para las siguientes jornadas.

La roca es gneis, muy compacta y dura; predominan las placas compactas, donde cualquier debilidad o fisura te permite avanzar y protegerte la escalada, con vías equipadas y de auto-protección.

Como colofón fuimos hasta el país Dógon, enclavado a los pies de la falla de Bandiagara, y considerado patrimonio de la Humanidad, tras alucinar con el “modus vivendi” de esas gentes que viven a los pies de una kilométrica muralla rocosa que atraviesa el desierto,  de ahí fuimos hasta Djenné junto al río Niger con su mezquita de barro reconstruida continuamente tras la época de lluvias.

Es sin duda un viaje inolvidable, no solo por las vivencias y los recuerdos, sino por que parte de la esencia de esa tierra y de todo lo que forma parte de ella, pasa a formar parte de uno mismo.

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