La Galera de Tamarfaig y Pared de Rosalía (Sella).

Con la meteo anunciando tormentas por el norte (Plan A), y el calor haciendo aparición por nuestra zona, optamos por buscar alguna pared larga con sombra. Rosalía y Tamarfaig vienen a nuestra mente. Esta ultima totalmente desconocida para nosotros.

Con este plan B, cogemos los trastos y comenzamos a subir siguiendo trazas de sendero hacia la pared de Tamarfaig. Alguien me metió en la cabeza que era fácil llegar yendo a la parte derecha de Rosalía, y desde allí, a Tamarfaig. Supongo que ese alguien será pariente de ese “alemán con nombre raro” del que todos hemos oído hablar y que de vez en cuando me hace una visita. ¡Que quede claro!, no hay que improvisar, ni seguir trazas entre la maraña de zarzas y maleza que hay al pie de las paredes. Por allí no pasan ni los jabalíes. Así que a punto de renunciar y abandonarnos a la deportiva, en un último arrebato desesperado conseguimos llegar a la parte izquierda de Rosalía; así que ya estaba todo dicho, el plan B “escalar en Tamarfaig” daba paso al “C”, Rosalía o dicho de otro modo “lo que se pueda”.

A partir de aquí, sin croquis y guiándonos por el instinto y el Principio de Precaución, por el que no dábamos ni una, elegimos un par de vías con el único criterio de “no parecer muy duras”, que ya lo serán cuando estés metido en faena. De esta forma, escalamos primero “La estación de la bruja” y a continuación “Huala ji ben ti mater”, en la que lo más dificil no es el nombre propiamente. La elección de estas dos vías fue circunstancial; allí donde el “alemán” nos decía que no habíamos escalado, allí que nos metiamos.

Con todo y la improvisación con la que fuimos, la sensación al acabar de escalar fue fantástica, aquí no hay vía fácil, todas son muy verticales y de escalada muy técnica, donde la colocación de pies es fundamental y siempre hay movimientos en los que emplear más la fe que la fuerza.

El domingo con una cuenta pendiente y tras encontrarnos con un amigo que nos disipó las dudas de la aproximación, orientamos nuestros pasos a Tamarfaig, con el propósito de escalar “Mujer lamprea” y alguna cosa más, si es que se dejaba. Ni que decir que no se dejó, pero que la “Mujer Lamprea” nos lo hizo pasar de cine, te pone a cien desde los primeros pasos y te exprime hasta el último seguro.

Una vez abajo, vista la hora, el estado de nuestros dedos y como nos miraba la “Galen Rowell”, optamos por replegar trastos, eso si, prometiéndonos volver pronto, muy pronto. La pared, sus vías y el entorno bien valen la pena.

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